Diversos enfoques sobre la lectura
Ana Luisa Morán
En la actualidad, los trabajos sobre teoría, investigación y enseñanza de la lectura y la escritura, así como también sobre las diversas funciones que esos procesos desempeñan con respecto al individuo y a la sociedad, constituye un hecho trascendente en las dos últimas décadas. Si bien estos trabajos destacan por su número, la mayor preocupación revela la búsqueda insesante de una teoría dirigida a explicar cuál es el significado de leer y escribir.
Anteriormente, la preocupación por la lectura y la escritura tenía un carácter práctico, en consecuencia era preciso hallar una solución al
problema, y el camino escogido para ello
consistió en considerarla como habilidades susceptibles de ser divididas
en sus partes componentes –o subhabilidades– que podían ser aprendidas
siguiendo un orden creciente de dificultad. En otras palabras, no se trató de
comprender las raíces de la lectura y la escritura y descubrir su relación con
el aprendizaje, sino tan solo de encontrar el mejor método para su enseñanza, cada uno de los que, se suponía, eran sus elementos integrantes.
Ya a finales de los años sesenta, con el desarrollo de nuevas disciplinas –psicolingüística,
psicología cognitiva, sociolingüística–, los estudiosos comenzaron
a plantearse nuevas preguntas sobre los procesos de leer y de escribir,
como también sobre el papel desempeñado en esos procesos por el lector/
escritor. Y en la búsqueda de respuestas fueron surgiendo diferentes teorías.
Entre las disciplinas mencionadas, fue quizá la psicolingüísticala llamada
a tener una influenc ia especial en esos estudios, con ella se inició un
nuevo campo de investigación relativo a la comprensión y al desarrollo del
lenguaje. Los trabajos realizados en esa área permitieron descubrir que los
niños inventan sus propias reglas para el lenguaje oral, es decir, que son participantes
activos en el desarrollo de su propio lenguaje. Mostraron, también,
cómo este se desarrolla en interacción con los demás, particularmente
con los “otros significativos”. Dicho de otra manera, mostraron cómo la
construcción del lenguaje se realiza “con los otros” y “para los otros” en un
contexto social de alto contenido significativo para el niño.
El impacto de esos descubrimientos fue grande. Llevó a los educadores a plantearse,
de acuerdo con Pearson y Stephens (1994), las siguientes preguntas:
• ¿Qué pasaría con la enseñanza de la lectura si aceptáramos que los niños
pueden aprender a leer y a escribir en la misma forma que aprenden a hablar?
Hoy en día, ya son muchos los educadores
que se aventuraron a asumir el riesgo y saben perfectamente
qué es lo que sucede cuando se parte
de esos supuestos: un aprendizaje más rico, unos
niños más activos e interesados en lo que hacen y
piensan, un docente más satisfecho con su labor y
un aula más acogedora, más llena de alegría.
Entre los aportes más significativos del enfoque
psicolingüístico destacan los siguientes:
• La consideración de la lectura y la escritura
como procesos de construcción de significado.
• El reconocimiento del papel activo que desempeña
el lector en el proceso de lectura.
• La consideración del valor que poseen los conocimientos
y las experiencias previas en los
procesos de lectura y de escritura.
Estos saberes, que ahora nos parecen tan naturales,
tan evidentes, nos deslumbraron como una
revelación cuando nos acercamos a ellos por primera
vez. Hasta ese momento leer significaba recibir: recibir ideas, conocimientos,
información de todo tipo. Abrir un libro era
como abrir una compuerta a través de la cual nos llegaba un torrente de cosas que ignorábamos y
que recibíamos en forma pasiva. Los significados
estaban en las páginas impresas; al leer los hacíamos
llegar hasta nosotros; algunos se depositaban
en nuestra mente, otros se perdían. Una respuesta a la educación bancaria como la denominó Freire (1970) en la Pedagogia del oprimido.
Lejos de imaginar que el proceso de
lectura podía explicarse de modo muy diferente.
Los estudiosos del tema habrían de enseñarnos
cómo los lectores participamos en el proceso,
cuánto damos a medida que recibimos y cuán
imposible es comprender un escrito si no podemos
relacionar la nueva información con la ya
existente en nuestro cerebro. Este conocimiento
nos dio, por una parte, un poder sobre el texto
que antes no percibíamos –dejábamos de estar
indefensos ante él desde el momento en que éramos
partícipes activos del proceso de leer– y, por
otra, nos llevó a cuestionar nuestra práctica pedagógica
en relación con la enseñanza y el desarrollo
de la lectura. Comprendíamos ahora muchos
de los problemas de nuestros estudiantes obligados
a enfrentar textos carentes de significación
para ellos e impedidos de interpretarlos por no
tener los conocimientos previos, la competencia
respecto del lenguaje o la experiencia necesarias.
Otros dos descubrimientos iban a impactarnos
profundamente: uno, derivado de la aplicación
de los principios generales de la teoría de Piaget
al desarrollo del sistema de escritura en el niño;
otro, derivado del análisis de los “desaciertos” en
la lectura oral. En relación con el primero, sus
autoras, Emilia Ferreiro y Ana Teberosky (1979), encontraron, a través de su investigación, que el
niño se comporta frente a la escritura como lo
haría frente a cualquier otro objeto de conocimiento.
Esto quiere decir que el niño procede
a experimentar con ese objeto tratando de explicarlo
en términos de lo que es factible para
él en esa etapa de su desarrollo. La teoría que él
construye al respecto forma parte de la más general
“teoría del mundo” con la cual intenta dar
coherencia a la información proporcionada por
su ambiente. Cuando una nueva información
contradice la teoría construida, el niño trata de
encontrar nuevas explicaciones que le permitan
restaurar el equilibrio perdido. La asimilación,
por lo tanto, del objeto de conocimiento, en este
caso la escritura, va pasando por diferentes etapas
a medida que el niño obtiene más y más información
al respecto.
Este descubrimiento, uno de los más importantes alcanzados en el área,
nos permite ahora interpretar una variedad de
supuestos errores que los niños cometen cuando
empiezan a escribir, como hechos naturales en
función de la etapa evolutiva por la cual atraviesan
en el proceso de construcción de la lengua
escrita. En consecuencia, los educadores nos vimos
en la necesidad de reflexionar sobre los criterios
empleados para evaluar las producciones
escritas de los escolares y de ensayar nuevas formas
que se adecuaran a su proceso de desarrollo.
Algo similar ha sucedido con el descubrimiento
del sentido de los “desaciertos” en la lectura oral.
Su autor, Kenneth Goodman (1994) nos relata
que la historia de su modelo transaccional-sociopsicolingüístico
sobre lectura y escritura comenzó
en 1962 cuando se dio cuenta de que los lectores
usaban claves para construir el significado del texto.
Descubrió que los errores cometidos por
los niños al leer en voz alta –sustituciones, inversiones,
omisiones, inserciones, repeticiones– se
producían de la misma manera que las respuestas
esperadas, es decir, por el uso que hacían de las
claves del texto. Goodman llamó a estos errores
miscues, “desaciertos”, para quitarles el sentido peyorativo
implícito en la palabra “error”, y al referirse
a ellos dice que fueron para él las ventanas
que le permitieron observar el proceso de lectura.
A través de los miscues, al comparar lo observado
con lo esperado, pudo analizar el efecto de los
aspectos grafofónico, sintáctico y semántico del
texto en la construcción del significado.
El texto –de acuerdo con Goodman– es aquello
a lo cual responde el cerebro; lo producido
oralmente refleja la competencia subyacente y
los procesos psicolingüísticos que generaron ese
producto. Y agrega que cuando las respuestas
observadas y esperadas concuerdan no obtenemos
mucho conocimiento del proceso, pero
cuando esas respuestas no coinciden y se produce
un “desacierto”, el investigador tiene una
ventana abierta al proceso de lectura.
El análisis de los desaciertos muestra
el grado de problemas que tienen los lectores con
su lectura, a la vez que proporciona indicios sobre
los conocimientos que ellos le aportan y sobre las
estrategias que usan para resolver sus problemas. (Goodman, 1994, pp. 1096)
Sin duda, el análisis de los desaciertos es uno de
los mayores logros del trabajo de Goodman uno de los que más influyó para que los docentes
admitiéramos la necesidad de cambiar nuestra
perspectiva respecto de la lectura oral en el aula
y, sobre todo, respecto de su evaluación.
En el mismo sentido, otra de las disciplinas que contribuyó a la comprensión
del proceso de lectura fue la psicología cognitiva,
de manera especial a través de la teoría del
esquema, desarrollada principalmente por Rumelhart
(1980). Según este autor, los esquemas son
los bloques con los cuales se construye el conocimiento.
Son los elementos fundamentales de los
que depende el procesamiento de la información.
De acuerdo con esta teoría, todo el conocimiento
está almacenado en unidades, los esquemas, que
contienen no solo el conocimiento, sino también
la información sobre cómo utilizarlo. Esta teoría, aplicada a la lectura, sirvió para explicar
la forma en que el lector usa los esquemas a
fin de comprender el texto escrito.
Las dos vías de
activación de estos –ascendente (tomando como
punto de partida la información proporcionada
por el texto) y descendente (tomando como punto
de partida los conocimientos y experiencias
del lector)– son utilizadas por el lector para dar, a
través de su interacción, sentido al mensaje o, en
otras palabras, para alcanzar la interpretación más
probable con respecto a la información gráfica. Pearson y Stephens dicen que la teoría del esquema
nos estimuló, a los docentes, a preguntar:
“¿Qué es lo que mis niños conocen y cómo puedo
usar eso para ayudarlos a tratar con nuevas
ideas que me gustaría que conocieran?, en lugar de: ¿qué es lo que no saben y cómo puedo metérselos
en la cabeza?” (1994, p. 30).
En cuanto a la sociolingüística también contribuyó
con sus aportes al mayor conocimiento del
área, por una parte, analizando los problemas del
uso de dialectos en relación con la educación en
general y a la lectura y escritura en particular; los
dialectos dejaron de considerarse como expresión
de deficiencias lingüísticas y pasaron a adquirir su
verdadera propiedad, la de expresar diferencias
lingüísticas. Por otra parte, esta disciplina contribuyó
a que se tomaran en cuenta los contextos en
los que se desarrollan eventos de lectura y escritura
más allá de la escuela: el hogar, la comunidad,
la sociedad toda, así como las funciones que cumplen
ambos procesos en los diferentes contextos.
Además de las ya mencionadas, otras disciplinas
–historia social, antropología cultural, etnografía–
están contribuyendo con su aporte a ampliar
el campo de estudio de los procesos de lectura y
escritura, como lo demuestran las investigaciones
realizadas en los últimos años en torno a las consecuencias
sociales y psicológicas de la alfabetización.
Sin embargo, una de las teorías más interesantes
sobre lectura y escritura, llamada quizás a ejercer
gran influencia sobre la práctica pedagógica, no
proviene de ninguna de esas disciplinas, sino del
campo de la literatura y la teoría literaria: es la
teoría transaccional de Louise Rosenblatt (1973,
1978, 1982, 1985a, b, 1988, 1994).
La concepción de Rosenblatt sobre lectura fue
expuesta por primera vez en 1973, en su obra La literatura como exploración, y completada y refinada
mucho más tarde, en 1978, con la publicación de
su segundo libro sobre el tema titulado: The Reader,
the Text, the Poem [El lector, el texto, el poema].
Profesora emérita, actualmente, de la Universidad
de Nueva York, Rosenblatt se doctoró en
Literatura Comparada en la Sorbona y realizó
estudios posdoctorales en antropología, en la
Universidad de Columbia, con dos eximios profesores:
Franz Boas y Ruth Benedict. Un hecho
revelador en cuanto a los intereses de esta autora
es que deja su puesto, después de la Segunda
Guerra Mundial, en una facultad tradicional de
artes liberales, para trabajar en una Escuela de
Educación, aun cuando esto le reportaba menores
ventajas académicas y materiales.
Rosenblatt
declara que en esa Escuela, en la que además de
Pedagogía se enseñaban programas de inglés, de
pre y posgrado, los cuales incluían cursos de composición,
lengua y literatura, es donde “la labor desarrollada
por ella y sus colegas consiguió reflejar
sus concepciones teóricas mucho más de lo que
pudieron hacerlo sus publicaciones” (1993, p. 4).
Al mencionar estos datos sobre la trayectoria
profesional de Louise Rosenblatt quiero destacar
el hecho de que su modelo no surgió aislado de
la práctica, sino que, por el contrario, su labor docente,
realizada en cursos de literatura y composición,
y la observación de sus alumnos fue lo que
la llevó a la elaboración de su teoría transaccional.
En consecuencia, cada acto de lectura es
“un evento que implica un lector particular y una
particular configuración de marcas sobre una página, ocurriendo en un momento particular y en un contexto también particular”
(Rosenblatt 1988, p. 4). En esa transacción que es la lectura, en la que lector y texto se
condicionan recíprocamente, entran a formar parte ciertas motivaciones, ciertos
estados organísmicos, ciertos sentimientos, de los que la atención selectiva
escoge algunos elementos que mezcla o sintetiza dando lugar al “significado”.
La atención selectiva da lugar, asimismo, a la adopción de distintas posturas
frente al texto, lo que permite distinguir la lectura de textos diferentes, o aun
la de un mismo texto, según que la intención del lector sea retener (postura
eferente) o vivir lo leído (postura estética).1
De acuerdo con Rosenblatt, “no hay un significado absolutamente correcto
en el texto”: el mismo texto puede tomar distintos significados en transacciones
con distintos lectores o aun con el mismo lector en diferentes
contextos o momentos, hecho que la lleva a considerar el “problema de la
intención”, es decir, “el problema de la relación entre la interpretación del
lector y la probable intención del autor” (Rosenblatt 1988, p. 6). La expectativa de lograr
una interpretación que refleje absolutamente la intención del autor es válida,
pero “la ‘intención’ misma no es absolutamente definible o delimitable aun
para el escritor”. La naturaleza de la transacción impide pensar en términos
de un significado “absoluto” o “correcto” que sea inherente al texto, lo cual
no implica, sin embargo, un total relativismo, sino tan solo la posibilidad
de admitir interpretaciones alternativas sobre la base de criterios de validez
compartidos.
La autora destaca, además, la necesidad de “hacer explícitas
las suposiciones subyacentes” lo cual “proporciona la base no solo para el
acuerdo sino también para comprender las fuentes tácitas de desacuerdo”
respecto de la interpretación (1988, p. 6). En cuanto a la escritura, es al igual
que la lectura, un proceso transaccional. Para Rosenblatt, “la escritura es
siempre un evento en el tiempo, que ocurre en un momento particular en la
biografía de un escritor, en circunstancias particulares, bajo presiones particulares
externas e internas. [...] el escritor está siempre transactuando con
un ambiente personal, social y cultural, además de transactuar también con
el mismo texto que está produciendo” ( Rosenblatt1988, p. 7).
El material con el cual el escritor construirá su texto proviene también del
“residuo de pasadas experiencias con el lenguaje, oral y escrito, en situaciones de vida”. Como sucede con el lector “los nuevos significados que surgen son
reestructuraciones o extensiones del reservorio de experiencias que el escritor
trae a la tarea” (Rosenblatt, 1988, p. 7). La página en blanco que el escritor enfrenta solo
con sentimientos e ideas muy vagos respecto de lo que quiere producir y que
exigirán ser definidos para poder concretar el texto es lo que establece la diferencia
respecto del lector, quien se encuentra con un texto ya hecho.
Es esencial en el proceso de escritura –tal vez más que en el de lectura– la activación
del reservorio lingüístico, y para lograrlo cada individuo necesita desarrollar
su propia estrategia; algunos recurren, por ejemplo, a la escritura libre, otros a
la revisión y lectura de textos.
De cualquier modo, la cadena de imágenes, memorias,
palabras, no obedece al azar. También aquí opera la “atención selectiva”
para traer a la conciencia aquellos elementos con los cuales habrá de construirse
un significado, aunque sea en forma tentativa, y para relegar otros a la periferia.
La transacción del escritor con el texto exige, al igual que en el caso del lector,
la adopción de una postura dentro del continuo estético-eferente. Esta postura
dependerá del propósito del escritor; del tema para abordar, de la relación con
sus posibles lectores; en suma, de la situación total, interna y externa, en la que
transcurre la transacción. Todos esos elementos determinarán si su atención va
a estar concentrada en los aspectos públicos del lenguaje o bien en los privados.
Estas son algunas de las principales proposiciones de la teoría transaccional
de Louise Rosenblatt relativas a la lectura y a la escritura. Trataremos de ver
ahora cuáles son las implicaciones de este modelo desde el punto de vista de
la actividad pedagógica y de la formación docente. Si leer y escribir son procesos
transaccionales poseedores de las características descritas, ¿cómo podríamos
los docentes orientar el desarrollo de esos procesos en niños y jóvenes y
qué condiciones deberíamos reunir en nosotros mismos para hacerlo?
Ante todo, es preciso tomar en cuenta que la enseñanza y el desarrollo de los
procesos de lectura y escritura forman parte de una actividad educativa total que
transcurre en una determinada situación. Como situación educativa se entiende
aquella en la cual se dan continuas transacciones entre personas –alumnos y
maestros– y entre estos y su ambiente: escolar, social, cultural (Rosenblatt, 1988).
Esas transacciones, a las que los participantes
aportan su experiencia de sí mismos y del mundo
en que les tocó vivir, constituyen el material
con el cual se va construyendo el acto educativo,
independientemente de su contenido.
La transacción supone entonces un tipo de relación
en la que se da un condicionamiento recíproco de
todos los elementos que intervienen en ella. Esto
quiere decir que el aprendizaje de los alumnos, la
intervención del maestro y de los compañeros, el
contenido específico para aprender, los materiales
didácticos, el ambiente físico y social, todos son elementos
condicionantes de la actividad educativa y
a la vez son condicionados por ella (Dubois, 1993).
La actividad educativa es, además, una actividad
social cuya razón de ser es la formación de niños
y de jóvenes en el saber científico, humanístico,
ético, estético, moral propios de su cultura. Sin
embargo, este aspecto formativo, enunciado en
todos los documentos sobre educación, se descuida
en la práctica. La atención del sistema educativo,
en todos sus niveles, está centrada en enseñar,
entendida la enseñanza como transmisión
de conocimientos y tan fragmentada además en
asignaturas, objetivos, métodos, estrategias, actividades,
evaluaciones, que no es difícil imaginar
por qué hemos perdido el sentido de la educación
como un todo (Dubois, 1995).
No quiero decir con esto que la escuela no deba
enseñar, claro que debe hacerlo. Los conocimientos
transmitidos por la escuela no pueden
adquirirse sino en el ambiente que ella proporciona,
pero la obsesión por la enseñanza no puede
hacernos olvidar que la función principal de la escuela y, por ende, del maestro, es educar, lo
cual trasciende la enseñanza.
Enseñar a leer y a
escribir es guiar al niño en el conocimiento, interpretación
y producción de símbolos escritos,
pero educar en la lectura y la escritura es, además,
abrir espacios para que el niño cultive esas capacidades
y descubra con ellas sabiduría, emoción,
sentimiento, placer estético (Dubois, 1995).
Cuando decimos a los niños que “tienen que estudiar
más la lectura”, o que “les vamos a tomar
la lección de lectura”, les estamos enseñando
que la lectura es una disciplina y que, por lo tanto,
leer es lo mismo que estudiar. Razón tiene
Rosenblatt cuando afirma que la escuela –habría
que agregar también el liceo y la universidad–
favorece la postura eferente, aun cuando se trata
de leer obras literarias.
En otras palabras, cuando interrogamos a
nuestros estudiantes sobre los textos leídos, lo
hacemos, por lo general, con el deseo de comprobar
la adquisición de conocimientos, la retención
de información, la ubicación de personajes,
el reconocimiento de estilos. Difícilmente
indagamos sobre vivencias, sentimientos, imágenes, emociones, ideas, experiencias surgidas
durante la lectura de un texto.
Me he preguntado muchas veces qué nos lleva
a proceder de esa manera. Una respuesta podría
ser: nuestro condicionamiento profesional. Sentimos
la responsabilidad de enseñar y, por lo tanto,
la necesidad de controlar si se ha aprendido
aquello que enseñamos. Además, actuamos como
si estuviéramos convencidos de que los contenidos
de la enseñanza son transmitidos a través de un proceso que va del exterior al interior del
alumno, como si enseñar fuera una especie de
traspaso de bienes: los docentes dispondríamos
de un bien que el estudiante no posee y nuestra
función sería transmitírselo.
Con la misma idea,
la lectura, la literatura y la composición también
serían bienes para transmitir y por eso, quizás,
intentamos enseñarlas desde afuera cuando deberíamos
ayudarlas a crecer desde adentro.
Considero, sin embargo, que nuestra actitud puede
ser dictada también por una concepción más
profunda referida a la lectura misma. Nuestros interrogantes
obedecen tal vez a la creencia de que el
conocimiento, o el significado, “está en el texto” y
el papel del lector se reduce a extraerlo. No se trata
de saber en verdad dónde se ubica el significado
–es todavía objeto de debate entre los estudiosos
del tema–, solamente se trata de destacar un hecho:
el que nuestro quehacer docente, en cualquier
área del conocimiento, está siempre dirigido por
una concepción teórica, lo sepamos o no, y, por lo
tanto, nuestra actitud, en este caso frente a la lectura,
puede variar enormemente dependiendo de la
concepción que adoptemos frente a ella.
Si aceptamos, de acuerdo con el modelo transaccional,
que el significado no está en el texto, ni
tampoco en el lector o el escritor, sino que surge
de la transacción entre ambos, tanto en la lectura
como en la escritura, nuestras estrategias pedagógicas
tienen que dirigirse, ante todo, a crear en
el salón de clase un ambiente que haga propicia la realización de ese proceso; un ambiente en el
que los alumnos se sientan motivados y estimulados
a hacer uso de sus propios recursos para
construir y dar vida a los significados. Rosenblatt
afirma, además, que en un ambiente educacional
favorable, el intercambio oral entre los estudiantes
y con el docente es un ingrediente vital de la pedagogía
transaccional, como también lo es el que los
alumnos aprendan a controlar la discusión.
Los docentes que comprenden el proceso de
leer como transacción, orientarán a sus alumnos
a hacer claros los propósitos de cada lectura de
manera de escoger la postura adecuada, así como
los ayudarán también a comprender la importancia
de responder a las imágenes, sentimientos,
asociaciones que la lectura evoque en ellos (Cunningham
y Fitzgerald, 1996).
En cuanto al problema de la evaluación, algo
que a todos los docentes nos preocupa, desde el
punto de vista de la teoría transaccional, no tiene
cabida evaluar la interpretación del lector con alguna
medida estándar, dada la posibilidad de diferentes
interpretaciones. Sin embargo, es posible
evaluar el progreso del lector a través del tiempo,
acumulando de alguna manera las discusiones de
los lectores y sus respuestas escritas.
Para decirlo en palabras de Rosenblatt, el fin
de la enseñanza de la lectura debe ser estimular
el desarrollo de la capacidad para llevar a cabo
las actividades implícitas en la transacción, por
ejemplo, la activación del caudal experiencial lingüístico
a través de la mención selectiva, la
adopción de una postura, eferente o estética, la construcción de un significado (Rosenblatt, 1982).
Y esto solo puede lograrse
en un clima de confianza y respeto mutuo entre docentes y estudiantes.
Por otro lado, no podemos dejar de reconocer la importancia de la reflexión
y la discusión sobre la lectura. Alguna vez he dicho que se aprende también
a leer “hablando” sobre la lectura realizada (Dubois, 1995). La oportunidad
de contrastar interpretaciones, de confirmarlas o rechazarlas sobre la base
de las evidencias textuales, de conocer la forma en que otros lectores, compañeros,
profesores, interpretan las mismas obras, puede llevar al alumno a
“descubrir sus propios hábitos de selección y síntesis y a ser más consciente
y crítico de sus propios procesos como lector” (Rosenblatt, 1994, p. 1083).
En los últimos años, muchos docentes han comenzado a introducir cambios
en las actividades escolares, por lo menos en lo que se refiere a darle un propósito
a la lectura y a la escritura. Los proyectos de escuela o de grado son
un buen ejemplo de esos cambios: se estimula a los niños a buscar y a leer el
material necesario para informarse, para obtener conocimientos, para resolver
problemas y se los estimula igualmente a escribir en situaciones en que
la escritura cumple con algún propósito. Esto significa un cambio sustancial
frente a los tradicionales ejercicios destinados supuestamente a entrenar destrezas,
pero carentes de sentido para los niños. El valor de esta práctica es
indudable, pero requiere de un gran cuidado para evitar el error de enfatizar
la funcionalidad de la lectura y la escritura en desmedro de la expresividad
de ambas, con lo cual se seguiría dando preeminencia a la postura eferente.
La expresividad a la que me refiero está representada por la postura estética
frente al texto, la que nos lleva a revivir experiencias, a evocar imágenes, a
sentir emociones. La importancia de aprender a adoptar la postura estética
en la lectura y en la escritura deriva de su estrecha vinculación con la esfera
afectiva y por lo tanto con el aprendizaje. El aprendizaje más maravilloso,
quizás, en la vida del niño es el aprendizaje del lenguaje, y este está fuertemente
vinculado a la esfera afectiva, a la transacción estética con los seres
y el mundo que lo rodea. El placer del niño ante las rimas, los cuentos, los
cantos, los sonidos de las voces es un placer estético antes que cognitivo.
Desarrollar el potencial de los estudiantes como lectores y escritores requiere de nosotros, los docentes, una orientación que los conduzca a adoptar, en
la transacción con el texto, no solo la postura eferente, sino también la estética.
Es fundamental para nuestros estudiantes, niños o jóvenes, aprender
a adoptar esa postura, y es función nuestra crear las condiciones necesarias
para ello. La lectura de obras literarias sería, sin duda, el mejor camino para
lograr dicho aprendizaje. Es bastante sorprendente que este sea un recurso
tan descuidado en todos los niveles de la enseñanza, y no me refiero solo a
su utilización en la enseñanza de la lectura, sino en la de muchas otras áreas,
la de ciencias sociales, por ejemplo, que quizá si recurriera a las obras literarias
para ilustrar procesos psicológicos, históricos o culturales obtendría
mejores y sin duda más placenteros aprendizajes de parte de los alumnos.
Rosenblatt señala dos rasgos esenciales de la literatura: “su poder para dar
experiencia vicaria y su descripción de una gran diversidad de personalidades
y de conductas” (1983, p. 199) que la convierten en un medio educacional de
incalculable valor. La autora lo expresa muy bellamente cuando dice:
En contraste con las afirmaciones abstractas que conciernen a la
humanidad o las formulaciones abstractas de códigos morales que
pueden encontrarse en los libros, el peculiar poder de la obra literaria
reside en su influencia en un nivel emocional, análogo al tipo
de influencia ejercida por la gente en situaciones de la vida. Mucho
más importante que las ideas generales explícitas son los tipos de
personalidades y los tonos emocionales adscritos a situaciones o
conductas particulares. (1983, p. 189)
La adopción de una postura estética frente al texto es igualmente importante,
o quizá más todavía, en el caso de la escritura. Por el hecho de enfrentarse con
una página en blanco, la necesidad que tiene el escritor de centrar su atención
“en ideas fuertemente ligadas a su experiencia de vida” es mayor que en el caso
del lector. No se trata de que la escritura deba ser siempre sobre temas personales,
sino de que exista alguna relación, por encubierta que sea, “entre el tema
y los intereses, necesidades, conocimiento previo, peculiaridades del escritor”
(1988, p. 9). La posibilidad de brindar espacios en la escuela o la universidad
para que esto suceda depende, nuevamente, de nosotros los docentes ¿Qué condiciones se requieren entonces para que podamos desempeñar cabalmente
nuestras funciones en esta área? ¿Cuál debería ser nuestra formación para
poder contribuir al desarrollo de los estudiantes como lectores y escritores?
Ante todo, alcanzar nosotros mismos ese desarrollo. Lo llamé una vez el factor
olvidado en la formación del docente. Es difícil orientar un proceso que
desconocemos, que no hemos vivido. No podemos saber de los problemas,
angustias, alegrías, inquietudes, emociones, descubrimientos de los lectores-escritores
si no los hemos experimentado. No podemos crear el ambiente
necesario para que la adopción de una determinada postura por parte del
lector-escritor se produzca en forma natural, en su transacción con el texto,
si nunca se nos dio a nosotros esa oportunidad. La fuerza que podría
tener para el proceso de aprendizaje un clima de aceptación y estímulo, de
diálogo permanente en el que pueda desarrollarse libremente la capacidad
de expresión y de reflexión es un tema sobre el cual se ha investigado muy
poco hasta el momento.
En la lectura, tanto como en la escritura, es necesario
tener presente el papel esencial que desempeñan en la transacción los
aspectos “afectivos, imaginativos y asociativos” del lector o del escritor para
comprender la reacción de este frente al texto leído o producido (Rosenblatt,
1988). La libre expresión de esos aspectos, por parte de estudiantes y
profesores, es muy importante para trabajar con las respuestas de unos y de
otros, analizándolas, confrontándolas. Y eso solo puede darse en un clima
de seguridad, confianza y respeto mutuo (Dubois, 1995).
Para que los docentes podamos educar en la lectura y la escritura tenemos
que haber sido educados en el mismo sentido, como lectores y como usuarios
habituales de la lengua escrita. Es lo que he llamado educación del ser como persona.
Alcanzar un alto grado de excelencia como lectores y escritores no solamente
es importante para nosotros como profesionales sino también como personas,
puesto que eso contribuye a nuestro enriquecimiento intelectual y espiritual.
Es necesario, asimismo, que nos eduquemos en el saber, refiriéndome con
esto a educarnos en el dominio de dos procesos fundamentales: el que tiene
que ver con el lenguaje y el que tiene que ver con el aprendizaje.
Los procesos de lectura y de escritura son dos de las manifestaciones del
lenguaje, tan activos y constructivos como los otros dos, los procesos de hablar
y de escuchar. Cuando los docentes tenemos un profundo conocimiento
del desarrollo del lenguaje en sus cuatro aspectos, estamos en mejores
condiciones para darles cabida a todos ellos en el salón de clase.
En relación específicamente con la lectura y la escritura, el conocimiento de
las concepciones teóricas que intentan explicarlos nos brinda a los docentes
la posibilidad de comprender no solo cómo se desarrollan, sino también
qué factores los afectan, en sentido positivo tanto como negativo.
Al respecto, quiero señalar el hecho de que muchos profesionales de la educación
cometen el error de pensar que los problemas de la docencia solo
pueden ser resueltos a través de la práctica, sin prestar atención a la teoría.
Sin embargo, es una formación teórica sólida la que puede proporcionar
al docente la mejor base para el desarrollo de su práctica pedagógica, en el
entendido de que ambas son inseparables (Dubois, 1995).
Por último, debemos formarnos en el saber hacer, es decir, en todo lo que
se refiere a la práctica pedagógica en el área, para lo cual es preciso que
alcancemos una comprensión profunda de cómo se lleva a cabo el aprendizaje
en general y el aprendizaje de la lectura y la escritura en particular. Solo
mediante esa comprensión podremos saber cuándo y cómo actuar para que
nuestra intervención sea propicia al desarrollo de esos procesos.
Es oportuno agregar que la teoría transaccional implica una nueva manera de
concebir la relación del hombre con el hombre y de este con el mundo que lo rodea,
y que por lo tanto se refiere también a la relación entre educador y educando.
Al transactuar, en el sentido en que Rosenblatt usa el concepto, se borra
la separación entre el docente-observador y el alumno-sujeto observado, y
surge entre ellos una relación en la que ambos se condicionan recíprocamente.
Comprender que somos parte del proceso global de la transacción, que
nuestro desempeño en clase no es ajeno al desempeño de cada estudiante,
debe hacernos reflexionar sobre la necesidad de que la actividad educativa
transcurra en un clima propicio al desarrollo de todas las potencialidades del
alumno, pero ante todo, de su potencial como persona, como ser humano.
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