domingo, 2 de julio de 2017

Un encuentro con Ana María Kaufman

La lectura desde la visión de Ana  María Kaufman

Kaufman, A. (2010) en su libro: "Leer y escribir: el dia a día en las aulas" señala que para "enseñar bien, es indispensable tener claro qué es lo que vamos a enseñar", es decir, cuál es el objeto de estudio. Las investigaciones didácticas actuales han revisado y planteado debates acerca de los contenidos de enseñanza de los diferentes ámbitos disciplinares que coexisten en la escuela. Dentro de este universo, el contenido de la asignatura de Lengua se ha ido modificando fuertemente en las últimas décadas.

Lerner, D. (2001) citada por Kaufman (2010) dice: "Puede afirmarse que el gran propósito de la enseñanza de la lectura y la escritura en el curso de la educación obligatoria es el de incorporar a los chicos a la comunidad de lectores y escritores: es el de formar alumnos como ciudadanos de la cultura escrita..."

Durante muchos años se consideró, enfatiza la autora, que el contenido que se ha de enseñar para que un niño se iniciara en la lectura y la escritura eran las "primeras letras". La idea subyacente consistía en que el texto es una suma de palabras, que a su vez constituía una suma de letras; de modo que bastaba con enseñar las letras y cómo "juntarlas" para ir formando palabras, luego oraciones y después textos. En los grados más avanzados,  los contenidos de las horas de lengua, estaban constituidos, básicamente, por cuestiones gramaticales y ortográficas. En este sentido, la idea era que, conociendo gramática y ortografía, el niño iba a estar capacitado para leer y escribir.

Al transcurrir el tiempo, los aportes de la lingüística y la pragmática, introdujeron otros saberes como necesarios, entre ellos: algunas características de los distintos tipos de textos y ciertas nociones textuales, tales  como la coherencia y la cohesión en la escritura. Entonces se decidió disminuir las horas dedicadas a la enseñanza de la  gramática y a la ortografía, para dedicarlas a dar a conocer las características formales de los distintos tipos de textos y los diferentes mecanismos de coherencia y cohesión.

Desde hace más de una década, señala la investigadora, la situación perdió coherencia y todo se convirtió en una mezcla de teorías:

                                      En lo que respecta al contenido de Lengua, coexisten 
                                      en los programas temas que provienen de diferentes
                                      teorías lingüísticas. Sujetos, modificadores directos, 
                                      tipos de textos, comunicación,  adjetivos, cohesión y
                                      coherencia textual, verbos y pronombres bailan una 
                                      anarquizante danza delante de los ojos  azorados del
                                      docente.  El  resultado  consiste  en  una transmisión 
                                      inconexa de estos conceptos a cargo de maestros que
                                      tienen que aparentar tranquilidad frente a los ojos 
                                      azorados de sus alumnos.
                                                          Ana María Kaufman y María Elena Rodríguez, 1993:13


La acertada reflexión didáctica de Lerner mencionada anteriormente, que concibe las prácticas sociales de lectura y escritura como el centro del objeto de enseñanza, constituye un aporte inestimable para abandonar este escenario. El aprendizaje de estas prácticas se da a lo largo de un prolongado proceso de construcción de saberes y estrategias por parte de los alumnos. Por ejemplo, leer implica construir la significación de un texto y, en ese proceso, se coordinan datos del texto (tanto correspondientes al sistema de escritura como al lenguaje escrito) con datos del contexto.

 El papel del lector es muy activo, ya que es quien pone en juego toda su competencia lingüística y cognitiva a fin de participar en este proceso de transacción con el texto. Ese rol activo se expresa a través del despliegue de una serie de estrategias básicas: el lector interpreta, anticipa; cuando algo no tiene sentido o resulta contradictorio, vuelve atrás a fin de verificar si leyó malo si el texto tenía algún error; infiere lo que no está escrito explícitamente ...

Si partimos de esta concepción de lectura, nuestro accionar en el aula tenderá a proponer situaciones en las que los niños desplieguen este tipo de estrategias para ir apropiándose de las características del sistema de escritura y del 'lenguaje escrito a través de prácticas de lectura de diferentes textos de circulación social. Si, por el contrario, concebimos la lectura como la capacidad de reconocer las letras, identificar los fonemas correspondientes y establecer la relación entre ambos para acceder al significado, propondremos actividades que apunten a garantizar esos conocimientos y asociaciones. Ahora bien, para poder participar con solvencia en las prácticas sociales de lectura y escritura de diferentes tipos de textos, los alumnos deben apropiarse del sistema de escritura y del lenguaje escrito. 

Numerosas investigaciones psicogenéticas han puesto de manifiesto que los niños se aproximan simultáneamente a estos dos aspectos de los textos cuando realizan prácticas de lectura: el sistema de escritura y el lenguaje escrito (Ferreiro y Teberosky, 1979; Ferreiro, 1991 a y 2001; Teberosky, 1991; Tolchinsky, 1993). Entendemos por sistema de escritura a la escritura como sistema de notación gráfica, cuya comprensión consiste en conocer sus elementos (letras, signos, etcétera) y las reglas por las que se rigen las relaciones entre ellos. El lenguaje escrito, que Claire Blanche Benveniste (1982) denominó lenguaje que se escribe, alude a la particularidad de un lenguaje más formal que el lenguaje oral e incluye las diferentes variedades discursivas que forman parte de ese lenguaje: noticias, poemas, recetas, cuentos, textos científicos, etcétera.

 En función de las investigaciones pioneras de Ferreiro y Teberosky, hace ya casi tres décadas que comenzaron a legalizarse las escrituras no convencionales de los niños: los grafismos primitivos, las escrituras sin control de cantidad, las unigráficas, las que exigen diferenciación para representar distintas palabras, las escrituras silábicas, silábico-alfabéticas y alfabéticas, que todavía no respetan las convenciones ortográficas. Estas producciones son consideradas verdaderas "escrituras" que enfrentan al niño con situaciones potenciales de conflicto cognitivo necesarias para el crecimiento intelectual en lo que se refiere al aprendizaje del sistema de escritura. Comenzaron a ser aceptados, asimismo, los textos infantiles que dan cuenta del proceso por el cual los pequeños van apropiándose de las características de los diversos géneros del lenguaje escrito. Actualmente, conocemos también "lecturas" que preceden a la lectura convencional. 

Volviendo al tema del objeto de enseñanza de la asignatura Lengua, ¿qué enseñamos?, ¿qué esperamos que aprendan nuestros alumnos a través de nuestra propuesta didáctica? Nuestro objetivo es que los alumnos se apropien adecuadamente de las prácticas sociales de lectura y escritura, de las características de nuestro sistema de escritura,de las diferentes variantes del lenguaje escrito y accedan, asimismo, a cierto nivel de reflexión y sistematización sobre la lengua.

PRÁTICAS SOCIALES DE LECTURA y ESCRITURA

 Esperamos que nuestros alumnos participen en prácticas de lectura y escritura de diferentes tipos de texto de circulación social, con propósitos determinados, con destinatarios reales, tal como se lee y se escribe fuera del ámbito escolar. Esto significa que leeremos y escribiremos con ellos desde el comienzo de su escolaridad libros de cuentos, revistas, periódicos, textos de información científica, etcétera. El mejor camino para llegar a ser un buen lector de la prensa se construye a través de múltiples lecturas críticas de la misma. Para disfrutar del talento de los buenos escritores, es importante tener la posibilidad de realizar prolongadas y sucesivas incursiones en el mundo literario.



Kaufman y Rodríguez, expresan que el aprendizaje del sistema de escritura y del lenguaje escrito tienen lugar, simultáneamente, desde el comienzo de la alfabetización. Asimismo, sostienen que los niños aprenden a leer y a escribir textos leyendo y escribiendo textos. Por esta razón, nuestra propuesta didáctica incluye, desde las salas del nivel inicial y las aulas de primer grado, la posibilidad de leer y producir la enorme variedad discursiva que ofrecen los textos de circu­laciónlación social. Los alumnos deben estar en contacto con recetas para hacer tortas, con periódicos para informarse sobre algún suceso de que sea de su interés, con cuentos para entretenerse con las historias y disfrutar del lenguaje literario, con instructivos para realizar experimentos científicos, etc., desde que entran en la escuela, y los irán escribiendo y leyendo de diferentes maneras hasta que puedan hacerlo de manera convencional. 












IN SITUS CON LA LECTURA: La lectura en educación inicial

           El investigador Francesco Tonucci en una video conferencia habla de la escuela que debemos tener para el siglo XXI.

                          
         Frlncesco Tonuccl (Fano. Italia. 1941) se diplomó como profesor en 1958 y se graduó en Pedagogía en 1963. Ha trabajado como maestro de escuela y en el Comité Italiano de Televisión y Menores. Es investigador del Instituto de Psicologia del Consejo Nacional de Investigaciones (CNR) de Roma y ha dedicado su actividad profesional al estudio del pensamiento y comportamienlo infantiles en el ámbito de la familia. la escuela y la ciudad. En 1991 promovió y dirigió el proyecto "La ciudad de los niños" en el ayuntamiento de su ciudad natal y. desde 1997. está a cargo del proyecto internacional dcl CNR que lleva el mismo nombre. Se trata de una nueva forma de concebir la ciudad, con los niños como punto de referencia (www.lauladelbambini.org). Ha publicado varias obras sobre educación y. con el seudónimo Frato. es dibujante. Aprovechando su estancia en Madrid. para presentar el libro "Cuando los niños dicen ¡basta!. editado por la Fundación Gennán Sánche, Ruipércz. 

ENTREVISTA

     En su libro Enseñar o aprender, afirma que "la escuela de todos no se ha convertido en la escuela para todos" y "la escuela de hoy alimenta las diferencias". Nos gustaría saber por qué esas rotundas afirmaciones, y si cree que hay soluciones en los tiempos que corren. 
Por un lado, tenemos datos de investigaciones de hace muchos años que demuestran que las diferencias entre niños, hasta los tres años, son muy pocas, y cuando empiezan a frecuentar la escuela, crecen las diferencias, la tijera se abre. Esto significa que la educación juega un papel exactamente contrario del que presume. Debería ser el lugar donde las diferencias se compensan y superan; por el contrario, es el lugar donde se agudizan. 

A los tres años los niños se parecen mucho más, a pesar de ser de distintos niveles sociales; el problema viene después. Lo que pasa es que la escuela es una propuesta preparada y armada a pesar de los niños. Tiene sus problemas, tiene sus libros de texto, tiene sus maestros, que cuentan con una formación y que saben hacer un papel, con lo cual el maestro, cuando entra en la escuela, sabe lo que tiene que hacer, éste es el juego, ya lo sabe, y lo sabe antes de conocer a sus alumnos, y más o menos sabe que este año va a hacer esto, el año próximo va a hacer otra cosa, porque así, más o menos así, ha hecho en el curso precedente, o cinco años antes. 

¿Esto qué significa? ¿Quién crea el problema de la escuela?

 El problema de la escuela es un problema que tiene sentido, yo no digo que sea una tontería, pero tiene sentido respecto a un modelo cultural. Uno de los modelos posibles, tiene una jerarquía de valores que es una de las jerarquías posibles. 

Normalmente, en esta jerarquía, la Lengua vale más que el Dibujo, por ejemplo. Un niño, un chico, un joven, que es muy competente en Lengua, normalmente no tiene problemas escolares; un niño que va estupendamente en Dibujo, podría ser expulsado de la escuela, porque en la jerarquía del modelo escolar, esto no es fundamental y lo otro sí. El primer día de escuela todos los niños se encuentran con un modelo; por ejemplo, el maestro dice: "Bueno, aquí vamos a aprender la cosa más importante del mundo, a escribir", y se pone a escribir una palabra en la pizarra, pongamos que una palabra muy sencilla y muy significativa. 

¿Qué ocurre con los niños? El maestro no lo sabe. Para algunos de ellos, la propuesta es lógica, prevista, ya sabían que iban a la escuela para aprender a leer y a escribir, con lo cual el maestro dice una cosa conocida, esperada, normal, no se preocupa. Algunos ya saben escribir, con lo cual el maestro  prácticamente dice algo no verdadero, porque no van a aprender a escribir, ya saben escribir, ya se sienten tranquilos. Hay otros que no entienden lo que dice, porque nunca en su vida han visto leer y escribir. Las personas que para él son fundamentales, sus padres, no leen porque  hoy la mayoria de la gente no lee, no escribe, a pesar de que sepan leer y escribir; la televisión y el teléfono nos ahorra la lectura del periódico y la carta para comunicar, con lo cual hay una parte de la clase que no entiende lo que está diciendo el maestro, qué es escribir y por qué es tan importante; claro que ellos también han visto palabras en la calle, pero no parece que sean importantes.

   Sí, están en la publicidad, en las tiendas, pero no parece que esto sea tan importante, tanto que sus padres, que son las personas más importantes, no lo practican. Si es así, el segundo día de escuela estos niños estarán más retrasados, no han entendido, no saben de lo que habla este señor, y este señor no se da cuenta de lo que va a pasar. Yo creo que esto, de una manera casi de viñeta, describe bastante lo que va pasando y por qué la escuela no es de todos.

 ¿Y cómo podría ser?
Lo que hoy estamos diciendo es de hace veinte años, y está escrito en las leyes, por lo menos en las italianas, donde se recomienda que cada acción escolar debe empezar por lo que los niños saben. Esto es el comienzo de la escuela, no lo que está escrito en el programa del curso. La escuela debería empezar escuchando, no hablando, escuchando lo que los niños saben, lo que los niños saben hacer, lo que los niños sienten, este es el patrimonio, el material de trabajo de la escuela. 

Es mejor empezar discutiendo, trabajando ... El niño no sabe que es importante escribir ¿Qué sabe hacer? Se debería empezar con la idea de que todos los niños saben hacer cosas y algunas de éstas las saben hacer muy bien, esto puede ser el punto inicial para aprender otras cosas. Si yo olvido esto, y no doy importancia a aquello sobre lo cual tienen competencia, está claro que yo traiciono a estos niños, porque les digo que todo lo que saben hacer no cuenta nada. Saben dibujar, saben hacer cosas con las manos ... A veces estos niños que llegan de familias más humildes, han desarrollado mucho una habilidad manual, una capacidad motora ... Esto deberia ser el punto de salida, lo que ellos pueden regalar al grupo. El grupo es un conjunto de distintos puntos de vista, de distintas competencias, se funda y goza de la diversidad. 

De este tema de la diversidad se habla mucho y nos escondemos detrás de una palabra, porque estamos dispuestos a tener a un ciego, o a un sordo en la clase, pero pensamos que todos son iguales menos el que es ciego porque no ve. El tema es que todos son distintos, hasta el sus padres, no leen, porque que no ve. Es probable que el niño que es ciego sea más parecido a los demás que un niño "tonto", por ejemplo, que no entiende lo que estamos diciendo, o un niño magrebí, que casi no entiende el sentido de las palabras porque no sabe bien español.

O sea, las diferencias de todos y los conocimientos adquiridos, ¿es lo que les hace iguales a cada uno de ellos en su diversidad? Exactamente, son iguales porque son diferentes. 

De hecho la escuela, con su curriculum y su programa, no tiene en cuenta esas diferencias y esos conocimientos de partida que tienen los niños. 

Un buen maestro debería decir: "yo no sé qué voy a hacer con los niños", o "yo sé cómo se trabaja pero no sé dónde voy". Porque ésta es la actitud del investigador. Yo soy investigador de profesión, no tendría sentido que yo supiera antes el destino de mi investigación, no valdria la pena hacerlo. Un explorador va a descubrir cosas, si ya las conoce no va. Un científico no montaría una investigación si ya conociera los resultados. Todo el mundo importante se mueve así, no se entiende por qué la escuela debe moverse al contrario, siempre sobre lo ya conocido, ya garantizado, sin arriesgar nunca, sin arriesgar nada.

Usted habla de la importancia de que los niños reconozcan la escuela como suya, que se sientan orgullosos de ella y que lleguen a quererla. ¿Por qué?  

Sí, porque me parece absurdo que nosotros tengamos que hacer pasar a los niños tantas horas cada día, por tantos años seguidos en un lugar que no quieren y que no reconocen como suyo. Lo reconocen como hostil, como nuestro y no como suyo. Esto es malo y tonto, porque si ésta es la relación que tienen los niños con la escuela, los resultados serán muy bajos. Es una tontería. Nunca una fábrica. una empresa privada. aceptaria funcionar de esta manera, con la hostilidad de los obreros, con una actitud de desconfianza. Hoy hay todo una línea de la ordenación del trabajo que es crear condiciones de afecto; los obreros que quieren a su empresa, que la reconocen como suya y la empresa hace de todo, invierte mucho dinero para que los obreros estén contentos, porque saben que si están contentos producen mucho más. ¿Es posible que la escuela no entienda esto?

¿ Y cómo se puede llegar a esa situación, en la que un niño crea que la escuela es suya, la quiera, la comparta, se sienta orgulloso de ella? 

Tiene que darse cuenta de que la escuela es suya, porque lo reconoce y acepta trabajar sobre lo suyo, no sobre lo de otros. Y también, y entramos en el tema más cercano al último libro, que la escuela le dé la posibilidad de participar en la gestión de la escuela, que tenga la palabra, que lo consulten. Desde hace trece años, tenemos una convención de los derechos del niño, con la que todo el mundo se llena la boca, y yo creo que casi nadie la ha leído bien. 

En la escuela no hay decisiones que no afecten a los niños, en la escuela sólo hay niños, con lo cual debería ser una costumbre consultar  con lo cual debería ser una costumbre consultar a los niños; es fácil consultarles, están allí. Yo creo que éste es un artículo imposible, porque ¿cómo hace un alcalde, que cada vez que toma una decisión, afecta también a los niños? No sé imaginar una decisión de una ciudad que no afecte a los niños ... como ciudadanos directa o indirectamente les toca.

Debería consultarles cómo hace, quién lo hace, cuándo lo hace, pero en la escuela no es como suya, y la empresa hace tan dificil; debería haber una costumbre de organización democrática que permita la consulta. Lo que yo propongo en el libro es que en la escuela se vea una estructura democrática directa en la clase, en la asamblea de clase, representativa en la escuela, dos representantes de cada clase, un niño y una niña, por sorteo, porque yo creo que es correcto no elegir con otros criterios, componer un consejo de la escuela que tiene relaciones con el director de la escuela, con el claustro, con los padres, y se reúne, discute.

Tienen pocos años y lo importante en este caso es tener la capacidad de hablar con ellos y la humildad de escucharlos.

Saben hablar y saben lo que quieren. 
Claro. Si tenemos que arreglar el patio, lo podemos hacer con ellos, que nos den ideas, preparamos juntos un proyecto, será su patio. Si tenemos que arreglar el pasillo ¿cómo lo decoramos? Lo hacemos juntos, será su pasillo, va a ser su escuela ...

¿ Vinculándolos a la escuela? 
Claro, yo no quiero engañar a los niños, éste es el peligro, querer la escuela de manera diferente a como la quieren ellos. Yo creo que, como tienen que pasar mucho tiempo  allí, es bueno que la vivan bien, que sea una escuela de democracia, porque la escuela sigue siendo totalmente ajena a los propósitos de sus mismos programas.

Aunque no esté contemplado expresamente en convenciones y demás legislación, el niño tiene el derecho a que, cuando pasa los días y las horas sentado en una mesa en un colegio, se le dé una buena formación a través de un buen profesor y por lo tanto esté en una buena escuela. Por la parte que nos toca, queremos preguntarle si una buena biblioteca escolar contribuye a su concepto de buena escuela y buena formación. 

Esto me gusta mucho; la pregunta es retórica, la respuesta es sí, obviamente. Pero ¿qué significa biblioteca escolar? Me gustaria que la biblioteca escolar fuese una biblioteca de novelas y no de libros de texto, y no de atlas, y no de diccionarios. Claro que yo creo que los atlas y los diccionarios deben estar en la clase, son instrumentos diarios. Pero la biblioteca es el lugar de la lectura, por eso digo novelas, novelas de siempre, y novela de hoy, donde el niño va a buscar algo para leer, no para consultar. La biblioteca escolar no debe ser el lugar de los deberes, debe ser el lugar de la lectura. Yo creo que enseñar a los niños a leer es la cosa más importante que la escuela puede hacer, porque un niño que sabe leer lo que necesita se lo busca. Pero, ¿qué significa aprender a leer?  Aprender la necesidad, el placaer de la lectura.  No me interesa que leer sea descifrar signos, esto es una tontería no es importante, no necesitamos una escuela para hacer esto, pero sí para apasionamos, para enamoramos de la lectura, y lamentablemente esto la escuela no sabe hacerlo.

A mí me gustaría que un niño, en la biblioteca, vaya a buscar lo que le guste, especialmente libros. Hay que entrar en la lectura, porque las bibliotecas deben ser lugares donde haya adultos que leen a los niños. Esto con una organización, horarios, no sé cómo, pero si un niño no oye, no escucha al adulto que lee, no puede entrar en el misterio, en el milagro de la lectura, y no podemos seguir escondiendo la cabeza bajo la a bajo la arena, pensando que esto lo hacen los padres, el 90% de los niños que vienen a la escuela nunca han tenido a un adulto que haya leído para ellos, porque la mayoría de los adultos, de los padres de los niños, no saben leer, si saben leer no leen. Y si les gusta leer, tienen dificultad para leer a los niños, porque para leer a los niños tienen que apagar la televisión, y esto es un conflicto que pocos saben solucionar. De ahí que la propuesta inicial no sea aprender a leer, sino escuchar leer. Esto es una propuesta que creo que se debería empezar a un año, a seis meses.

Hay un proyecto muy bonito de los pediatras en Italia y en Argentina que se llama "Nacidos para leer". Son los pediatras los que aconsejan a los padres leer al niño recién nacido. Esto es una maravilla. Yo creo que nosotros tenemos que leer en la guardería, en la escuela infantil, en la escuela prímaria, secundaría ...

Su idea se acerca al concepto de "bebeteca".

Yo hablo de leer libros, no cuentos. No digo que los cuentos sean malos. Son dos experiencias: contar o leer. Contar, yo cuento un cuento, no lo leo, es una acción teatral muy bonita. muy simpática, hay que hacerlo. Yo leo un cuento. es otra cosa, y la característica de un cuento es que yo empiezo y termino y, cuando cierro el libro. tú te vas y has escuchado un cuento. Yo leo un libro. yo leo un cuarto de hora el libro, y después lo cierro diciendo "mañana seguimos". y tú te vas con las ganas de seguir y no ves la hora de que venga mañana para saber cómo sigue. Son experiencias totalmente distintas. Porque la lectura es todo esto, es el milagro de las imágenes que salen de las palabras que una persona pronuncia mirando signos. pero es también la capacidad de seguir y de esperar.  Es dificil empezar y terminar un libro sin parar, pero esto ocurre algunas veces. Aprender a leer es también aprender a interrumpir la lectura, y tener ganas de seguir.

La biblioteca debería ser la fuente de todo esto. Por eso en mi concepto de biblioteca me parece absurdo que éstas tengan sillas y mesas. porque cuando tú lees un libro, ¿cuántas veces te pones en una silla y una mesa? No se entiende por qué. a un niño que tiene que aprender, con lo cual tendríamos que crear las condiciones más favorables. lo ponemos en una posición absurda, sentado y en la mesa. Nosotros no leemos así, yo no leo así. me pongo como puedo. y él que se ponga como quiera, y la sala de lectura debe de ser así. con colchones, con cojines, con una manta ... que puedan irse, que cojan el libro y se vayan al patio ...

 ¿Y que no lo relacionen con el aula?

Yo hablo de tener rincones para esconderse, porque la lectura también es algo íntimo y es absurdo que nosotros lo propongamos de otro modo ... Absurdo que tengan que leer todos alrededor de una mesa y con un adulto que los controla. Cambiar esto se podría hacer con los niños, pensarlo juntos, remodelar juntos la biblioteca.

Y por último la manera de encontrar los libros. A veces las bibliotecas tienen un fichero. tienen instrumentos que separan al niño del libro. hay bibliotecas donde los niños no pueden tocar los libros, tienen que elegirlos a través de una ficha, ydel libro no entra nada porque en la ficha hay un título, un autor, a veces un resumen, la ciudad, la editorial, el precio; datos que no dicen nada del libro, especialmente a un niño.

Si el librero utilizara este sistema no vendería ni un libro. Yo siempre digo que la biblioteca debería parecerse más a una librería. El librero inteligente deja que los clientes vayan y toquen los libros, si quieren lo Icen ... Parece un absurdo, si tú lo lees en la librería no lo compras. El librero bueno sabe que así se construyen lectores, y esto es lo que le interesa. La librería funciona mejor, aun a riesgo de exponer los libros a un uso continuado y a una posible destrucción...Yo creo que no estaría mal que los libros se estropeen, hasta que los libros se roben, porque si el niño roba un libro no está mal... ojalá.

La biblioteca debería presentarse de una manera totalmente distinta; el libro está ahí, tú lo coges y lo miras, después decides si te lo llevas o no.


 ¿ Y qué piensa de los libros de texto?

Estoy en contra de los libros de texto. Estoy a favor de los libros, pero no del libro de texto, que traiciona esta idea de empezar desde lo que los niños saben. Renunciar al libro de texto significa hacer una acción pedagógica mucho más relacionada con los alumnos, pero no separada de los libros. Para renunciar a los libros de texto tenemos que buscar otros libros que sean verdaderos, con lo cual la historia la voy a buscar en los libros de historia y no en c1libro de texto que resume la historia. El arte, si es posible, lo voy a ver directamente en el museo o en un libro de arte. De estos libros no necesitamos uno cada uno, porque esto tampoco está en la normalidad de las relaciones. Esta idea de que cada uno de los alumnos tenga el mismo libro es un absurdo que crea una situación paradójica. Para todo lo que estamos diciendo tenemos que tener maestros mucho más competentes, que conozcan los libros, que conozcan la producción, que estudien ...

Más arriesgados, porque para ellos lo fácil es el libro de texto.

Y que se diviertan mucho más. En Italia la profesión de maestro es una de las que tiene más enfennedades profesionales, y esto significa que lo viven muy mal y es absurdo porque debería ser una de las profesiones más bonitas, más interesantes. Sería así si hubiera una relación fuerte con los alumnos.


En sus libros ha dicho que en la escuela actual, los niños que tienen éxito son aquellos más inmóviles, que se pasan las horas sentados y estudian sin rechistar las cosas más inútiles. ¿Están preparadas las instituciones, los profesores, los padres y los niños para administrar y recibir otro tipo de enseñanza en el momento actual?

-Yo creo que la sociedad necesita que los ciudadanos tengan un nivel cultural más alto. Es impresionante cómo se está tolerando una escuela tan incapaz  y tan improductiva; la escuela no consigue buenos resultados.

Una empresa que tuviera un resultado tan bajo como la escuela, cerraría rápidamente. Si medimos cuántos jóvenes, por ejemplo, leen y escriben correctamente, es impresionante. En Italia hay más del 30% de analfabetismo funcional. Yo creo que si esto ocurriera en la FIA T, que el 30% de los coches que salen no funcionan, se cerraría un día después. No creo que esta escuela sea coherente con la sociedad. Se dice que "para cambiar la escuela hay que cambiar la sociedad", y yo creo que es una escuela que tampoco es funcional respecto a una sociedad que no comparto, de tipo liberal y consumista. Esta sociedad necesita personas capaces de afrontar novedades creativas. Todo está cambiando tan rápidamente que las personas deberían tener capacidad para adaptarse yeso esta escuela no lo da.

El tema de si la sociedad está preparada para otro tipo de escuela, yo creo que es más, que la sociedad necesita otro tipo de escuela. Hay que invertir mucho en la formación del profesorado, de quien hace la escuela, son los profesores, y profesores buenos, hacen una buena escuela, a pesar de que hayan leyes o programas, un buen maestro siempre ha hecho una buena escuela, también cuando teníamos leyes perversas, y un mal maestro hace una mala escuela ...

En sus dos libros relacionados con "La ciudad de los niños", habla de que la biblioteca tiene que ser un lugar para niños, un lugar de niños. ¿En las nuevas estructuras urbanas, en las ciudades de hoy, ¿la biblioteca pública no debería ser un lugar de niños y adultos?

-Totalmente. -Pienso que es mejor no dividir y no especializar nunca. Abogo por una biblioteca pública que tenga un sector infantil, que en el sector infantil los niños puedan moverse más fácilmente, que tenga también una ordenación del espacio, como se decía antes, más libre, pero me gustaría también que la de los adultos sea bastante libre. En las bibliotecas públicas, el sector para niños, en Italia, está pensado para los deberes. Los deberes no tienen sentido y roban demasiado tiempo a los niños. No es posible que la escuela, que corresponde a uno de los derechos del niño, el derecho a la instrucción, de hecho impide otro derecho, el derecho al juego del artículo 31. Son dos derechos, son dos deberes, que deben convivir, y la escuela ha de hacerse cargo de la supervivencia de la posibilidad del juego. No es posible aceptar que la escuela ocupe toda la mañana y dé deberes para ocupar toda la tarde. Esto es una injusticia que impide un deber que vale tanto como la escuela o tal vez más: el juego.

 En los lugares públicos, donde los niños son llevados por sus padres, usted afirma que 'debería existir un espacio donde jugar, dibujar, leer ... Los niños, dice usted, piden una "sala con cómics", "mini bibliotecas" .•. ¿Por qué, si las peticiones son tan claras, no existe una respuesta política que aporte las infraestructuras adecuadas?

Los únicos lugares donde a veces se encuentra eso es en los centros comerciales. Ahí hay lugares para niños; la producción comercial se hace cargo de nuestras inquietudes, las estructuras públicas, no.

 Usted afirma que los adultos no son capaces de diseñar espacios de juego para los niños. ¿ Cree en el hecho, afirmado por expertos en la materia, de que muchos de los autores de LlJ, adultos por supuesto, no saber escribir para niños?

Sobre el tema de los espacios yo pienso que deberíamos pensar 10 menos posible en espacíos para niños, los niños deberían compartir los espacios de todos, para que el espacio sea real y no ficticio. Con esto no digo que no puedan, en un espacio grande, tener algo especial para los más pequeños, pero a mí me gustaría que los niños pudieran jugar con las cosas que encuentran y en los espacios donde puedan mirar lo que hace un adulto, molestarlo si es necesario, y que el adulto pueda echarlo, si le molesta, porque esto crea relación. Los espacios que normalmente piensa la ciudad producen separación, y esto no conviene.

 Respecto a los libros para los niños no sé, yo no estoy seguro de que los niños sepan crear libros para niños, no estoy seguro, pero la duda que tengo es que el niño produce para sí mismo, se expresa, le gusta expresarse, pero no se hace cargo del mensaje, de que llegue, por lo cual a veces lo que expresa es muy íntimo, muy secreto, muy escondido, y necesita mucha atención por parte del que lo lee, del adulto por ejemplo, y es posible que otro niño, mirándolo, no lo reconozca y no le dé importancia. Yo creo que hay casos de niños que han producido cosas interesantes que pueden ser utilizadas para los niños. Pero hay también autores que saben escribir para niños. Por otro lado, creo que los niños deben experimentar la acción y el arte de escribir. Crear libros es muy interesante, pero como experiencia creativa, no tanto para que estos libros lleguen a otros niños. No estoy seguro de que esto sea efectivo.




















El Placer de Leer (adaptado de Francesco Tonucci. Cuadernos de Pedagogía)

Video 1. La infancia hoy y el papel de la escuela, Primera parte

ENFOQUES DE LA LECTURA

Diversos enfoques sobre la lectura
Ana Luisa Morán

En la actualidad, los trabajos sobre teoría, investigación y enseñanza de la lectura y la escritura, así como también sobre las diversas funciones que esos procesos desempeñan  con respecto al individuo y  a la sociedad, constituye un hecho trascendente en las dos últimas décadas. Si bien estos trabajos destacan por su número, la mayor preocupación revela la búsqueda insesante de una teoría dirigida a explicar cuál es el significado de leer y escribir.

Anteriormente, la preocupación por la lectura y la escritura  tenía un carácter práctico, en consecuencia era preciso hallar una solución al problema, y el camino escogido para ello consistió en considerarla como habilidades susceptibles de ser divididas en sus partes componentes –o subhabilidades– que podían ser aprendidas siguiendo un orden creciente de dificultad. En otras palabras, no se trató de comprender las raíces de la lectura y la escritura y descubrir su relación con el aprendizaje, sino tan solo de encontrar el mejor método para su enseñanza, cada uno de los que, se suponía, eran sus elementos integrantes. Ya a finales de los años sesenta, con el desarrollo de nuevas disciplinas –psicolingüística, psicología cognitiva, sociolingüística–, los estudiosos comenzaron a plantearse nuevas preguntas sobre los procesos de leer y de escribir, como también sobre el papel desempeñado en esos procesos por el lector/ escritor. Y en la búsqueda de respuestas fueron surgiendo diferentes teorías. 

Entre las disciplinas mencionadas, fue quizá la psicolingüísticala llamada a tener una influenc ia especial en esos estudios, con ella se inició un nuevo campo de investigación relativo a la comprensión y al desarrollo del lenguaje. Los trabajos realizados en esa área permitieron descubrir que los niños inventan sus propias reglas para el lenguaje oral, es decir, que son participantes activos en el desarrollo de su propio lenguaje. Mostraron, también, cómo este se desarrolla en interacción con los demás, particularmente con los “otros significativos”. Dicho de otra manera, mostraron cómo la construcción del lenguaje se realiza “con los otros” y “para los otros” en un contexto social de alto contenido significativo para el niño. El impacto de esos descubrimientos fue grande. Llevó a los educadores a plantearse, de acuerdo con Pearson y Stephens (1994), las siguientes preguntas:
 • ¿Qué pasaría con la enseñanza de la lectura si aceptáramos que los niños pueden aprender a leer y a escribir en la misma forma que aprenden a hablar? 

Hoy en día, ya son muchos los educadores que se aventuraron a asumir el riesgo y saben perfectamente qué es lo que sucede cuando se parte de esos supuestos: un aprendizaje más rico, unos niños más activos e interesados en lo que hacen y piensan, un docente más satisfecho con su labor y un aula más acogedora, más llena de alegría. Entre los aportes más significativos del enfoque psicolingüístico destacan los siguientes:

• La consideración de la lectura y la escritura como procesos de construcción de significado. 
• El reconocimiento del papel activo que desempeña el lector en el proceso de lectura.
• La consideración del valor que poseen los conocimientos y las experiencias previas en los procesos de lectura y de escritura.

Estos saberes, que ahora nos parecen tan naturales, tan evidentes, nos deslumbraron como una revelación cuando nos acercamos a ellos por primera vez. Hasta ese momento leer significaba recibir: recibir ideas, conocimientos, información de todo tipo. Abrir un libro era como abrir una compuerta a través de la cual nos  llegaba un torrente de cosas que ignorábamos y que recibíamos en forma pasiva. Los significados estaban en las páginas impresas; al leer los hacíamos llegar hasta nosotros; algunos se depositaban en nuestra mente, otros se perdían. Una respuesta a la educación bancaria como la denominó Freire (1970) en la Pedagogia del oprimido.

Lejos  de imaginar que el proceso de lectura podía explicarse de modo muy diferente. Los estudiosos del tema habrían de enseñarnos cómo los lectores participamos en el proceso, cuánto damos a medida que recibimos y cuán imposible es comprender un escrito si no podemos relacionar la nueva información con la ya existente en nuestro cerebro. Este conocimiento nos dio, por una parte, un poder sobre el texto que antes no percibíamos –dejábamos de estar indefensos ante él desde el momento en que éramos partícipes activos del proceso de leer– y, por otra, nos llevó a cuestionar nuestra práctica pedagógica en relación con la enseñanza y el desarrollo de la lectura. Comprendíamos ahora muchos de los problemas de nuestros estudiantes obligados a enfrentar textos carentes de significación para ellos e impedidos de interpretarlos por no tener los conocimientos previos, la competencia respecto del lenguaje o la experiencia necesarias.

Otros dos descubrimientos iban a impactarnos profundamente: uno, derivado de la aplicación de los principios generales de la teoría de Piaget al desarrollo del sistema de escritura en el niño; otro, derivado del análisis de los “desaciertos” en la lectura oral. En relación con el primero, sus autoras, Emilia Ferreiro y Ana Teberosky (1979), encontraron, a través de su investigación, que el niño se comporta frente a la escritura como lo haría frente a cualquier otro objeto de conocimiento. Esto quiere decir que el niño procede a experimentar con ese objeto tratando de explicarlo en términos de lo que es factible para él en esa etapa de su desarrollo. La teoría que él construye al respecto forma parte de la más general “teoría del mundo” con la cual intenta dar coherencia a la información proporcionada por su ambiente. Cuando una nueva información contradice la teoría construida, el niño trata de encontrar nuevas explicaciones que le permitan restaurar el equilibrio perdido. La asimilación, por lo tanto, del objeto de conocimiento, en este caso la escritura, va pasando por diferentes etapas a medida que el niño obtiene más y más información al respecto.

Este descubrimiento, uno de los más importantes alcanzados en el área, nos permite ahora interpretar una variedad de supuestos errores que los niños cometen cuando empiezan a escribir, como hechos naturales en función de la etapa evolutiva por la cual atraviesan en el proceso de construcción de la lengua escrita. En consecuencia, los educadores nos vimos en la necesidad de reflexionar sobre los criterios empleados para evaluar las producciones escritas de los escolares y de ensayar nuevas formas que se adecuaran a su proceso de desarrollo. Algo similar ha sucedido con el descubrimiento del sentido de los “desaciertos” en la lectura oral. Su autor, Kenneth Goodman (1994) nos relata que la historia de su modelo transaccional-sociopsicolingüístico sobre lectura y escritura comenzó en 1962 cuando se dio cuenta de que los lectores usaban claves para construir el significado del texto. 

Descubrió que los errores cometidos por los niños al leer en voz alta –sustituciones, inversiones, omisiones, inserciones, repeticiones– se producían de la misma manera que las respuestas esperadas, es decir, por el uso que hacían de las claves del texto. Goodman llamó a estos errores miscues, “desaciertos”, para quitarles el sentido peyorativo implícito en la palabra “error”, y al referirse a ellos dice que fueron para él las ventanas que le permitieron observar el proceso de lectura. A través de los miscues, al comparar lo observado con lo esperado, pudo analizar el efecto de los aspectos grafofónico, sintáctico y semántico del texto en la construcción del significado. El texto –de acuerdo con Goodman– es aquello a lo cual responde el cerebro; lo producido oralmente refleja la competencia subyacente y los procesos psicolingüísticos que generaron ese producto. Y agrega que cuando las respuestas observadas y esperadas concuerdan no obtenemos mucho conocimiento del proceso, pero cuando esas respuestas no coinciden y se produce un “desacierto”, el investigador tiene una ventana abierta al proceso de lectura. 

El análisis de los desaciertos muestra el grado de problemas que tienen los lectores con su lectura, a la vez que proporciona indicios sobre los conocimientos que ellos le aportan y sobre las estrategias que usan para resolver sus problemas. (Goodman, 1994, pp. 1096) Sin duda, el análisis de los desaciertos es uno de los mayores logros del trabajo de Goodman uno de los que más influyó para que los docentes admitiéramos la necesidad de cambiar nuestra perspectiva respecto de la lectura oral en el aula y, sobre todo, respecto de su evaluación.

En el mismo sentido, otra de las disciplinas que contribuyó a la comprensión del proceso de lectura fue la psicología cognitiva, de manera especial a través de la teoría del esquema, desarrollada principalmente por Rumelhart (1980). Según este autor, los esquemas son los bloques con los cuales se construye el conocimiento. Son los elementos fundamentales de los que depende el procesamiento de la información. De acuerdo con esta teoría, todo el conocimiento está almacenado en unidades, los esquemas, que contienen no solo el conocimiento, sino también la información sobre cómo utilizarlo. Esta teoría, aplicada a la lectura, sirvió para explicar la forma en que el lector usa los esquemas a fin de comprender el texto escrito. 
Las dos vías de activación de estos –ascendente (tomando como punto de partida la información proporcionada por el texto) y descendente (tomando como punto de partida los conocimientos y experiencias del lector)– son utilizadas por el lector para dar, a través de su interacción, sentido al mensaje o, en otras palabras, para alcanzar la interpretación más probable con respecto a la información gráfica. Pearson y Stephens dicen que la teoría del esquema nos estimuló, a los docentes, a preguntar: “¿Qué es lo que mis niños conocen y cómo puedo usar eso para ayudarlos a tratar con nuevas ideas que me gustaría que conocieran?, en lugar de: ¿qué es lo que no saben y cómo puedo metérselos en la cabeza?” (1994, p. 30).

En cuanto a la sociolingüística también contribuyó con sus aportes al mayor conocimiento del área, por una parte, analizando los problemas del uso de dialectos en relación con la educación en general y a la lectura y escritura en particular; los dialectos dejaron de considerarse como expresión de deficiencias lingüísticas y pasaron a adquirir su verdadera propiedad, la de expresar diferencias lingüísticas. Por otra parte, esta disciplina contribuyó a que se tomaran en cuenta los contextos en los que se desarrollan eventos de lectura y escritura más allá de la escuela: el hogar, la comunidad, la sociedad toda, así como las funciones que cumplen ambos procesos en los diferentes contextos. Además de las ya mencionadas, otras disciplinas –historia social, antropología cultural, etnografía– están contribuyendo con su aporte a ampliar el campo de estudio de los procesos de lectura y escritura, como lo demuestran las investigaciones realizadas en los últimos años en torno a las consecuencias sociales y psicológicas de la alfabetización. 

Sin embargo, una de las teorías más interesantes sobre lectura y escritura, llamada quizás a ejercer gran influencia sobre la práctica pedagógica, no proviene de ninguna de esas disciplinas, sino del campo de la literatura y la teoría literaria: es la teoría transaccional de Louise Rosenblatt (1973, 1978, 1982, 1985a, b, 1988, 1994). La concepción de Rosenblatt sobre lectura fue expuesta por primera vez en 1973, en su obra La literatura como exploración, y completada y refinada mucho más tarde, en 1978, con la publicación de su segundo libro sobre el tema titulado: The Reader, the Text, the Poem [El lector, el texto, el poema]. Profesora emérita, actualmente, de la Universidad de Nueva York, Rosenblatt se doctoró en Literatura Comparada en la Sorbona y realizó estudios posdoctorales en antropología, en la Universidad de Columbia, con dos eximios profesores: Franz Boas y Ruth Benedict. Un hecho revelador en cuanto a los intereses de esta autora es que deja su puesto, después de la Segunda Guerra Mundial, en una facultad tradicional de artes liberales, para trabajar en una Escuela de Educación, aun cuando esto le reportaba menores ventajas académicas y materiales. 

Rosenblatt declara que en esa Escuela, en la que además de Pedagogía se enseñaban programas de inglés, de pre y posgrado, los cuales incluían cursos de composición, lengua y literatura, es donde “la labor desarrollada por ella y sus colegas consiguió reflejar sus concepciones teóricas mucho más de lo que pudieron hacerlo sus publicaciones” (1993, p. 4). Al mencionar estos datos sobre la trayectoria profesional de Louise Rosenblatt quiero destacar el hecho de que su modelo no surgió aislado de la práctica, sino que, por el contrario, su labor docente, realizada en cursos de literatura y composición, y la observación de sus alumnos fue lo que la llevó a la elaboración de su teoría transaccional. 

En consecuencia, cada acto de lectura es “un evento que implica un lector particular y una particular configuración de marcas sobre una página, ocurriendo en un momento particular y en un contexto también particular” (Rosenblatt 1988, p. 4). En esa transacción que es la lectura, en la que lector y texto se condicionan recíprocamente, entran a formar parte ciertas motivaciones, ciertos estados organísmicos, ciertos sentimientos, de los que la atención selectiva escoge algunos elementos que mezcla o sintetiza dando lugar al “significado”. La atención selectiva da lugar, asimismo, a la adopción de distintas posturas frente al texto, lo que permite distinguir la lectura de textos diferentes, o aun la de un mismo texto, según que la intención del lector sea retener (postura eferente) o vivir lo leído (postura estética).1 

De acuerdo con Rosenblatt, “no hay un significado absolutamente correcto en el texto”: el mismo texto puede tomar distintos significados en transacciones con distintos lectores o aun con el mismo lector en diferentes contextos o momentos, hecho que la lleva a considerar el “problema de la intención”, es decir, “el problema de la relación entre la interpretación del lector y la probable intención del autor” (Rosenblatt 1988, p. 6). La expectativa de lograr una interpretación que refleje absolutamente la intención del autor es válida, pero “la ‘intención’ misma no es absolutamente definible o delimitable aun para el escritor”. La naturaleza de la transacción impide pensar en términos de un significado “absoluto” o “correcto” que sea inherente al texto, lo cual no implica, sin embargo, un total relativismo, sino tan solo la posibilidad de admitir interpretaciones alternativas sobre la base de criterios de validez compartidos.

La autora destaca, además, la necesidad de “hacer explícitas las suposiciones subyacentes” lo cual “proporciona la base no solo para el acuerdo sino también para comprender las fuentes tácitas de desacuerdo” respecto de la interpretación (1988, p. 6). En cuanto a la escritura, es al igual que la lectura, un proceso transaccional. Para Rosenblatt, “la escritura es siempre un evento en el tiempo, que ocurre en un momento particular en la biografía de un escritor, en circunstancias particulares, bajo presiones particulares externas e internas. [...] el escritor está siempre transactuando con un ambiente personal, social y cultural, además de transactuar también con el mismo texto que está produciendo” ( Rosenblatt1988, p. 7). 

El material con el cual el escritor construirá su texto proviene también del “residuo de pasadas experiencias con el lenguaje, oral y escrito, en situaciones de vida”. Como sucede con el lector “los nuevos significados que surgen son reestructuraciones o extensiones del reservorio de experiencias que el escritor trae a la tarea” (Rosenblatt, 1988, p. 7). La página en blanco que el escritor enfrenta solo con sentimientos e ideas muy vagos respecto de lo que quiere producir y que exigirán ser definidos para poder concretar el texto es lo que establece la diferencia respecto del lector, quien se encuentra con un texto ya hecho. Es esencial en el proceso de escritura –tal vez más que en el de lectura– la activación del reservorio lingüístico, y para lograrlo cada individuo necesita desarrollar su propia estrategia; algunos recurren, por ejemplo, a la escritura libre, otros a la revisión y lectura de textos. 

De cualquier modo, la cadena de imágenes, memorias, palabras, no obedece al azar. También aquí opera la “atención selectiva” para traer a la conciencia aquellos elementos con los cuales habrá de construirse un significado, aunque sea en forma tentativa, y para relegar otros a la periferia. La transacción del escritor con el texto exige, al igual que en el caso del lector, la adopción de una postura dentro del continuo estético-eferente. Esta postura dependerá del propósito del escritor; del tema para abordar, de la relación con sus posibles lectores; en suma, de la situación total, interna y externa, en la que transcurre la transacción. Todos esos elementos determinarán si su atención va a estar concentrada en los aspectos públicos del lenguaje o bien en los privados. 

Estas son algunas de las principales proposiciones de la teoría transaccional de Louise Rosenblatt relativas a la lectura y a la escritura. Trataremos de ver ahora cuáles son las implicaciones de este modelo desde el punto de vista de la actividad pedagógica y de la formación docente. Si leer y escribir son procesos transaccionales poseedores de las características descritas, ¿cómo podríamos los docentes orientar el desarrollo de esos procesos en niños y jóvenes y qué condiciones deberíamos reunir en nosotros mismos para hacerlo? Ante todo, es preciso tomar en cuenta que la enseñanza y el desarrollo de los procesos de lectura y escritura forman parte de una actividad educativa total que transcurre en una determinada situación. Como situación educativa se entiende aquella en la cual se dan continuas transacciones entre personas –alumnos y maestros– y entre estos y su ambiente: escolar, social, cultural (Rosenblatt, 1988).

Esas transacciones, a las que los participantes aportan su experiencia de sí mismos y del mundo en que les tocó vivir, constituyen el material con el cual se va construyendo el acto educativo, independientemente de su contenido. La transacción supone entonces un tipo de relación en la que se da un condicionamiento recíproco de todos los elementos que intervienen en ella. Esto quiere decir que el aprendizaje de los alumnos, la intervención del maestro y de los compañeros, el contenido específico para aprender, los materiales didácticos, el ambiente físico y social, todos son elementos condicionantes de la actividad educativa y a la vez son condicionados por ella (Dubois, 1993). 

La actividad educativa es, además, una actividad social cuya razón de ser es la formación de niños y de jóvenes en el saber científico, humanístico, ético, estético, moral propios de su cultura. Sin embargo, este aspecto formativo, enunciado en todos los documentos sobre educación, se descuida en la práctica. La atención del sistema educativo, en todos sus niveles, está centrada en enseñar, entendida la enseñanza como transmisión de conocimientos y tan fragmentada además en asignaturas, objetivos, métodos, estrategias, actividades, evaluaciones, que no es difícil imaginar por qué hemos perdido el sentido de la educación como un todo (Dubois, 1995). No quiero decir con esto que la escuela no deba enseñar, claro que debe hacerlo. Los conocimientos transmitidos por la escuela no pueden adquirirse sino en el ambiente que ella proporciona, pero la obsesión por la enseñanza no puede hacernos olvidar que la función principal de la escuela y, por ende, del maestro, es educar, lo cual trasciende la enseñanza.

Enseñar a leer y a escribir es guiar al niño en el conocimiento, interpretación y producción de símbolos escritos, pero educar en la lectura y la escritura es, además, abrir espacios para que el niño cultive esas capacidades y descubra con ellas sabiduría, emoción, sentimiento, placer estético (Dubois, 1995). Cuando decimos a los niños que “tienen que estudiar más la lectura”, o que “les vamos a tomar la lección de lectura”, les estamos enseñando que la lectura es una disciplina y que, por lo tanto, leer es lo mismo que estudiar. Razón tiene Rosenblatt cuando afirma que la escuela –habría que agregar también el liceo y la universidad– favorece la postura eferente, aun cuando se trata de leer obras literarias. 

En otras palabras, cuando interrogamos a nuestros estudiantes sobre los textos leídos, lo hacemos, por lo general, con el deseo de comprobar la adquisición de conocimientos, la retención de información, la ubicación de personajes, el reconocimiento de estilos. Difícilmente indagamos sobre vivencias, sentimientos, imágenes, emociones, ideas, experiencias surgidas durante la lectura de un texto. Me he preguntado muchas veces qué nos lleva a proceder de esa manera. Una respuesta podría ser: nuestro condicionamiento profesional. Sentimos la responsabilidad de enseñar y, por lo tanto, la necesidad de controlar si se ha aprendido aquello que enseñamos. Además, actuamos como si estuviéramos convencidos de que los contenidos de la enseñanza son transmitidos a través de un proceso que va del exterior al interior del alumno, como si enseñar fuera una especie de traspaso de bienes: los docentes dispondríamos de un bien que el estudiante no posee y nuestra función sería transmitírselo.

Con la misma idea, la lectura, la literatura y la composición también serían bienes para transmitir y por eso, quizás, intentamos enseñarlas desde afuera cuando deberíamos ayudarlas a crecer desde adentro. Considero, sin embargo, que nuestra actitud puede ser dictada también por una concepción más profunda referida a la lectura misma. Nuestros interrogantes obedecen tal vez a la creencia de que el conocimiento, o el significado, “está en el texto” y el papel del lector se reduce a extraerlo. No se trata de saber en verdad dónde se ubica el significado –es todavía objeto de debate entre los estudiosos del tema–, solamente se trata de destacar un hecho: el que nuestro quehacer docente, en cualquier área del conocimiento, está siempre dirigido por una concepción teórica, lo sepamos o no, y, por lo tanto, nuestra actitud, en este caso frente a la lectura, puede variar enormemente dependiendo de la concepción que adoptemos frente a ella.

Si aceptamos, de acuerdo con el modelo transaccional, que el significado no está en el texto, ni tampoco en el lector o el escritor, sino que surge de la transacción entre ambos, tanto en la lectura como en la escritura, nuestras estrategias pedagógicas tienen que dirigirse, ante todo, a crear en el salón de clase un ambiente que haga propicia la realización de ese proceso; un ambiente en el que los alumnos se sientan motivados y estimulados a hacer uso de sus propios recursos para construir y dar vida a los significados. Rosenblatt afirma, además, que en un ambiente educacional favorable, el intercambio oral entre los estudiantes y con el docente es un ingrediente vital de la pedagogía transaccional, como también lo es el que los alumnos aprendan a controlar la discusión. Los docentes que comprenden el proceso de leer como transacción, orientarán a sus alumnos a hacer claros los propósitos de cada lectura de manera de escoger la postura adecuada, así como los ayudarán también a comprender la importancia de responder a las imágenes, sentimientos, asociaciones que la lectura evoque en ellos (Cunningham y Fitzgerald, 1996).

En cuanto al problema de la evaluación, algo que a todos los docentes nos preocupa, desde el punto de vista de la teoría transaccional, no tiene cabida evaluar la interpretación del lector con alguna medida estándar, dada la posibilidad de diferentes interpretaciones. Sin embargo, es posible evaluar el progreso del lector a través del tiempo, acumulando de alguna manera las discusiones de los lectores y sus respuestas escritas. Para decirlo en palabras de Rosenblatt, el fin de la enseñanza de la lectura debe ser estimular el desarrollo de la capacidad para llevar a cabo las actividades implícitas en la transacción, por ejemplo, la activación del caudal experiencial lingüístico a través de la mención selectiva, la adopción de una postura, eferente o estética, la construcción de un significado (Rosenblatt, 1982).

Y esto solo puede lograrse en un clima de confianza y respeto mutuo entre docentes y estudiantes. Por otro lado, no podemos dejar de reconocer la importancia de la reflexión y la discusión sobre la lectura. Alguna vez he dicho que se aprende también a leer “hablando” sobre la lectura realizada (Dubois, 1995). La oportunidad de contrastar interpretaciones, de confirmarlas o rechazarlas sobre la base de las evidencias textuales, de conocer la forma en que otros lectores, compañeros, profesores, interpretan las mismas obras, puede llevar al alumno a “descubrir sus propios hábitos de selección y síntesis y a ser más consciente y crítico de sus propios procesos como lector” (Rosenblatt, 1994, p. 1083). 

En los últimos años, muchos docentes han comenzado a introducir cambios en las actividades escolares, por lo menos en lo que se refiere a darle un propósito a la lectura y a la escritura. Los proyectos de escuela o de grado son un buen ejemplo de esos cambios: se estimula a los niños a buscar y a leer el material necesario para informarse, para obtener conocimientos, para resolver problemas y se los estimula igualmente a escribir en situaciones en que la escritura cumple con algún propósito. Esto significa un cambio sustancial frente a los tradicionales ejercicios destinados supuestamente a entrenar destrezas, pero carentes de sentido para los niños. El valor de esta práctica es indudable, pero requiere de un gran cuidado para evitar el error de enfatizar la funcionalidad de la lectura y la escritura en desmedro de la expresividad de ambas, con lo cual se seguiría dando preeminencia a la postura eferente.

La expresividad a la que me refiero está representada por la postura estética frente al texto, la que nos lleva a revivir experiencias, a evocar imágenes, a sentir emociones. La importancia de aprender a adoptar la postura estética en la lectura y en la escritura deriva de su estrecha vinculación con la esfera afectiva y por lo tanto con el aprendizaje. El aprendizaje más maravilloso, quizás, en la vida del niño es el aprendizaje del lenguaje, y este está fuertemente vinculado a la esfera afectiva, a la transacción estética con los seres y el mundo que lo rodea. El placer del niño ante las rimas, los cuentos, los cantos, los sonidos de las voces es un placer estético antes que cognitivo. Desarrollar el potencial de los estudiantes como lectores y escritores requiere de nosotros, los docentes, una orientación que los conduzca a adoptar, en la transacción con el texto, no solo la postura eferente, sino también la estética.

 Es fundamental para nuestros estudiantes, niños o jóvenes, aprender a adoptar esa postura, y es función nuestra crear las condiciones necesarias para ello. La lectura de obras literarias sería, sin duda, el mejor camino para lograr dicho aprendizaje. Es bastante sorprendente que este sea un recurso tan descuidado en todos los niveles de la enseñanza, y no me refiero solo a su utilización en la enseñanza de la lectura, sino en la de muchas otras áreas, la de ciencias sociales, por ejemplo, que quizá si recurriera a las obras literarias para ilustrar procesos psicológicos, históricos o culturales obtendría mejores y sin duda más placenteros aprendizajes de parte de los alumnos. 

Rosenblatt señala dos rasgos esenciales de la literatura: “su poder para dar experiencia vicaria y su descripción de una gran diversidad de personalidades y de conductas” (1983, p. 199) que la convierten en un medio educacional de incalculable valor. La autora lo expresa muy bellamente cuando dice: En contraste con las afirmaciones abstractas que conciernen a la humanidad o las formulaciones abstractas de códigos morales que pueden encontrarse en los libros, el peculiar poder de la obra literaria reside en su influencia en un nivel emocional, análogo al tipo de influencia ejercida por la gente en situaciones de la vida. Mucho más importante que las ideas generales explícitas son los tipos de personalidades y los tonos emocionales adscritos a situaciones o conductas particulares. (1983, p. 189) 

La adopción de una postura estética frente al texto es igualmente importante, o quizá más todavía, en el caso de la escritura. Por el hecho de enfrentarse con una página en blanco, la necesidad que tiene el escritor de centrar su atención “en ideas fuertemente ligadas a su experiencia de vida” es mayor que en el caso del lector. No se trata de que la escritura deba ser siempre sobre temas personales, sino de que exista alguna relación, por encubierta que sea, “entre el tema y los intereses, necesidades, conocimiento previo, peculiaridades del escritor” (1988, p. 9). La posibilidad de brindar espacios en la escuela o la universidad para que esto suceda depende, nuevamente, de nosotros los docentes ¿Qué condiciones se requieren entonces para que podamos desempeñar cabalmente nuestras funciones en esta área? ¿Cuál debería ser nuestra formación para poder contribuir al desarrollo de los estudiantes como lectores y escritores? 

Ante todo, alcanzar nosotros mismos ese desarrollo. Lo llamé una vez el factor olvidado en la formación del docente. Es difícil orientar un proceso que desconocemos, que no hemos vivido. No podemos saber de los problemas, angustias, alegrías, inquietudes, emociones, descubrimientos de los lectores-escritores si no los hemos experimentado. No podemos crear el ambiente necesario para que la adopción de una determinada postura por parte del lector-escritor se produzca en forma natural, en su transacción con el texto, si nunca se nos dio a nosotros esa oportunidad. La fuerza que podría tener para el proceso de aprendizaje un clima de aceptación y estímulo, de diálogo permanente en el que pueda desarrollarse libremente la capacidad de expresión y de reflexión es un tema sobre el cual se ha investigado muy poco hasta el momento. 

En la lectura, tanto como en la escritura, es necesario tener presente el papel esencial que desempeñan en la transacción los aspectos “afectivos, imaginativos y asociativos” del lector o del escritor para comprender la reacción de este frente al texto leído o producido (Rosenblatt, 1988). La libre expresión de esos aspectos, por parte de estudiantes y profesores, es muy importante para trabajar con las respuestas de unos y de otros, analizándolas, confrontándolas. Y eso solo puede darse en un clima de seguridad, confianza y respeto mutuo (Dubois, 1995).

Para que los docentes podamos educar en la lectura y la escritura tenemos que haber sido educados en el mismo sentido, como lectores y como usuarios habituales de la lengua escrita. Es lo que he llamado educación del ser como persona. Alcanzar un alto grado de excelencia como lectores y escritores no solamente es importante para nosotros como profesionales sino también como personas, puesto que eso contribuye a nuestro enriquecimiento intelectual y espiritual. Es necesario, asimismo, que nos eduquemos en el saber, refiriéndome con esto a educarnos en el dominio de dos procesos fundamentales: el que tiene que ver con el lenguaje y el que tiene que ver con el aprendizaje.

Los procesos de lectura y de escritura son dos de las manifestaciones del lenguaje, tan activos y constructivos como los otros dos, los procesos de hablar y de escuchar. Cuando los docentes tenemos un profundo conocimiento del desarrollo del lenguaje en sus cuatro aspectos, estamos en mejores condiciones para darles cabida a todos ellos en el salón de clase. En relación específicamente con la lectura y la escritura, el conocimiento de las concepciones teóricas que intentan explicarlos nos brinda a los docentes la posibilidad de comprender no solo cómo se desarrollan, sino también qué factores los afectan, en sentido positivo tanto como negativo. 

Al respecto, quiero señalar el hecho de que muchos profesionales de la educación cometen el error de pensar que los problemas de la docencia solo pueden ser resueltos a través de la práctica, sin prestar atención a la teoría. Sin embargo, es una formación teórica sólida la que puede proporcionar al docente la mejor base para el desarrollo de su práctica pedagógica, en el entendido de que ambas son inseparables (Dubois, 1995). Por último, debemos formarnos en el saber hacer, es decir, en todo lo que se refiere a la práctica pedagógica en el área, para lo cual es preciso que alcancemos una comprensión profunda de cómo se lleva a cabo el aprendizaje en general y el aprendizaje de la lectura y la escritura en particular. Solo mediante esa comprensión podremos saber cuándo y cómo actuar para que nuestra intervención sea propicia al desarrollo de esos procesos.

Es oportuno agregar que la teoría transaccional implica una nueva manera de concebir la relación del hombre con el hombre y de este con el mundo que lo rodea, y que por lo tanto se refiere también a la relación entre educador y educando. Al transactuar, en el sentido en que Rosenblatt usa el concepto, se borra la separación entre el docente-observador y el alumno-sujeto observado, y surge entre ellos una relación en la que ambos se condicionan recíprocamente. Comprender que somos parte del proceso global de la transacción, que nuestro desempeño en clase no es ajeno al desempeño de cada estudiante, debe hacernos reflexionar sobre la necesidad de que la actividad educativa transcurra en un clima propicio al desarrollo de todas las potencialidades del alumno, pero ante todo, de su potencial como persona, como ser humano.

Referecias bibliográficas

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sábado, 1 de julio de 2017

LA LECTURA: un término a veces inasible

Ana Luisa Morán
La Lectura


                                                                                                                      Retirado en la paz de estos desiertos,
                                                                                                                                                                                             con pocos pero doctos libros juntos, 
                                                                                                                                                                                             vivo en conversación con los difuntos
                                                                                                                                                                                             y escucho con los ojos a los muertos. 

                                                                                                                                                                                             Si no siempre entendidos, siempre abiertos, 
                                                                                                                                                                                             o enmiendan, o secundan mis asuntos,
                                                                                                                                                                                             y en músicos callados contrapuntos 
                                                                                                                                                                                             al sueño de la vida hablan despiertos. 

                                                                                                                                                                                             Quevedo

Qué mejor tema para hoy día en el que es necesario motivar a los niños y jóvenes a leer, a acercarlos al mundo literario, y también, claro está, a recordar a algunos adultos el valor de los libros; ese tema, vital para el estudiante, insoslayable para todo ser humano, instrumento insustituible para el docente, necesidad para el amante de los libros, en otras palabras acercarlos a ese importante proceso llamado lectura.
"¿Por qué la gente ya no lee? ¿Por qué si tenemos todo a favor para conseguir un libro no leemos?" Creo que  estamos de acuerdo en que a pocos se le ocurriría pensar —al menos de este momento de la historia, me refiero— que con un click de ratón podemos conseguir el más inusitado libro. Es conveniente,  que sepan los que hoy son internautas y no bibliófilos que en internet se puede encontrar todo, incluso el libro menos pensado. Sin embargo, parece que nuestra generación prefiere pulsar una tecla y descansar sus ojos viendo un video en Youtube antes que hacer un pequeño esfuerzo de concentración e introducirse en la narración de una novela.
Estudiando durante años sobre esta problemática me he dado cuenta de una cosa: hace mucho tiempo que los eslóganes que intentan acercar al público a nuevos libros (eslóganes que rezan de la siguiente manera: «La lectura te da vida», «la lectura te aporta conocimiento, te convierte en un hombre crítico»), perdieron hace tiempo su capacidad de interpelación. Y es que cuando se repite con insistencia una frase, la intención que esta lleva pierde poco a poco sus propiedades. Si el mensaje de alguna manera influyó en el pasado, el tiempo y la reiteración han provocado que en la actualidad lo hayamos olvidado; y las mismas palabras que dictan estas frases, se vaciaron poco a poco de su significado, tal como sucede con esas conchas vacías que encontramos en la orilla de la playa: huecas y sin vida. Leer es importante, pero ya nadie reflexiona sobre ello, y en consecuencia, es una actividad abandonada por muchos y acicate constante para otros.
Más grave aún cuando observamos este problema en nuestras aulas de clases, el docente no lee. El gran avance informático y el gran impulso que han tomado las redes sociales no se aprovecha, la banalidad de los mensajes así lo evidencian, sin embargo, estos medios han permitido que cualquier persona pueda escribir y subir sus pensamientos a la red. Pero nunca habrá crecimiento personal, formación, si no intentamos realizar estas dos actividades simultáneamente. Escribir sin apenas leer es dar vueltas sobre nosotros mismos, mientras que si acompañamos nuestros textos con abundante lectura rodearemos horizontes nunca antes descubiertos. La lectura y la escritura son dos actividades que van de la mano.
Por este motivo, el principal propósito de estas páginas, sin la pesadez de repetir un trillado mensaje que ya todos conocemos, es demostrar que "Leer es importante y escribir, también". Pero vamos a conducir el discurso con una intención diferente. Agreguemos un punto de vista novedoso que argumente la importancia de estas dos actividades bajo una luz diferente.
Uno de esos puntos de vista lo encontramos en palabras de Larrosa (2003) la lectura como formación, para este, implica pensarla como una actividad que tiene que ver con la subjetividad del lector: no solo con lo que el lector sabe, sino con lo que es. Se trata de pensar la lectura como algo que nos forma (o nos de-forma o nos transforma). Señala que la lectura, por tanto, no es solo un pasatiempo, un mecanismo de evasión del mundo real y del yo real. Y no se reduce tampoco a un medio para adquirir conocimiento. En ambos casos, entender el mundo real o saber algo que antes no sabíamos,  aleja a la concepción de la lectura, puesto que concebir la lectura como formación sería intentar pensar "esa misteriosa actividad" como algo que tiene que ver con aquello que nos hace ser lo que somos. Para ello, es necesario que haya una relación íntima entre el texto y la subjetividad, implica pensarla como un tipo particular de relación;  concretamente,  como una relación de producción de sentido.